En Pakistán, los fanáticos próximos a Al-Qaida han celebrado a su manera, matando, la caída de Musharraf. La voluntad del controvertido general de controlar, con ayuda de la Administración Bush, a los extremistas musulmanes, especialmente en la problemática frontera con Afganistán, se había convertido en una espina clavada para los terroristas. En sus casi nueve años en el poder, había detenido a 600 islamistas y a alguno de sus principales líderes. Ante un futuro incierto en el país, que habrá de elegir nuevo presidente, los terroristas se sienten fuertes tras una reorganización facilitada por la política dubitativa ante 18 meses de crisis. Su sueño sería hacerse con el mando del único Estado musulmán con armas nucleares. Para Occidente, una verdadera pesadilla.
La Argelia de Buteflika, una vez fracasado su plan de reinserción de aquellos terroristas que abandonaran las armas, ha vuelto a ser también agitada por el terror. Aún peor, los casi mil terroristas del fanático grupo rebautizado como Al-Qaida en el Magreb Islámico pueden estar ensayando para dar el salto a Europa y atacar en Francia y España. Su dilatada experiencia en la comisión de atentados se ve reforzada con los nuevos reclutas de Marruecos y Túnez. Y su moral es alta, al considerarse los verdaderos muyahidines bajo el tenebroso paraguas del León del Islam, Osama bin Laden.












