
He tenido el privilegio de conocer a fondo el Village y todo lo que ofrecía y de contarlo. La nao Victoria, y sus tripulantes, con su pasión por la historia de los grandes navegantes españoles; los voluntarios, que te contaban las anécdotas más divertidas; el portaaviones Príncipe de Asturias, buque insignia de la Armada española; la ilusión de los niños que visitaban el recinto; pero, sobre todo, a los hombres y mujeres cuya pasión por la navegación y la naturaleza les llevan a arriesgar sus vidas en la regata.
Uno pensaría que están locos -algo de eso tiene que haber-, pero cuando te cuentan lo que sienten en medio del océano, enfrentándose a la naturaleza, por un momento te cambiarías por ellos. Sólo un momento, porque luego te acuerdas de las cuatro horas de sueño, cuatro de vigilia, de la comida liofilizada, de las tormentas y de los veintitantos días sin ducha -a bordo no tienen- y se te pasan las ganas de golpe.
La mejor experiencia fue vivir el ensayo de la In-Port Race casi rozando los VO70. Desde lejos parece que navegan plácidamente, pero de cerca se ve el trabajo constante y rapidísimo de los tripulantes.
Los barcos españoles parten con el mayor apoyo, sin embargo, otros llaman poderosamente la atención: El Puma, por su precioso diseño; El Ericsson, por tener la tecnología más puntera y el Team Russia, porque es el único equipo que, además de ganar, tiene una misión ecológica. Espero que todos lleguen sanos y salvos, que nadie tenga que vivir ese terrible grito de «hombre al agua» y, por supuesto, que gane el mejor.
















