Sociedad

Pero en Pekín la grandeza histórica de sus monumentos va cediendo ante la espectacularidad de la imaginación de los genios de la arquitectura del siglo XXI. El aeropuerto de Norman Foster es sólo un aperitivo. El plato fuerte espera en las instalaciones olímpicas y el nuevo centro financiero, donde Kolhaas tiene ya casi a punto la torre que albergará la sede central de la televisión pública CCTV, y que parece desafiar las leyes de la física. No hay duda: China se ha convertido en el país de los nuevos faraones.
Y el resto de Asia sigue sus pasos con ansiedad. Buen ejemplo es el nuevo aeropuerto de Suvarnabhumi, en Bangkok. La capital de Tailandia se ha colocado en el mapa de la vanguardia arquitectónica gracias al asombroso edificio de Jahn Murphy. Pasillos abovedados llevan a estancias gigantescas en las que la luz natural entra a chorros por las enormes cristaleras. El conjunto tiene un aire a ciencia ficción acrecentado por el blanco de los interiores y los acabados metálicos, pero no renuncia a su cuota de tradición, y varios elementos de la cultura tailandesa, como tejados de curvas caprichosas y recargados adornos dorados, recuerdan al viajero dónde se encuentra.
Un poco más allá en la mezcla de tradición y modernidad va el centro de convenciones Esplanade de Singapur, un espectacular edificio que se asemeja al durian, una de las frutas más apreciadas del sudeste asiático a pesar de su nauseabundo olor. El arquitecto Michael Wilford dejó volar su imaginación, y la fachada no tiene parangón. Los miles de ventanas protegidas por puntiagudas pantallas de acero crean una imagen irreal. Contra el horizonte de elegantes rascacielos del centro financiero de la ciudad-estado, el Esplanade parece incluso un edificio violento, como un erizo que siente el peligro.
Guerra de superlativos
Desde Shanghai, donde se construyen más metros cuadrados que en toda España, hasta Jakarta, pasando por Hong Kong, la ciudad que cuenta con más rascacielos del mundo, la vanguardia arquitectónica se ha apoderado del continente asiático. Hace sólo dos décadas parecía que ésta estaba circunscrita a Japón, un país que, a pesar de importantes esfuerzos, ha quedado rezagado tras el ímpetu del ya número uno: China.
En el Gran Dragón, el efecto Guggenheim surgido en Bilbao sería completamente imposible. Un edificio espectacular como el museo de la capital vizcaína pasaría casi inadvertido en la impresionante jungla poblada de monstruos de la arquitectura en la que se ha convertido el país. Es el boom de la construcción elevado a su enésima potencia. Un efecto colateral del desmesurado crecimiento económico unido a la necesidad de mejorar las infraestructuras y al empeño por demostrar al mundo de lo que el Reino del Centro es capaz de poner en marcha.
Y, a juzgar por los nuevos edificios que crecen como champiñones, China no conoce límites en las construcciones de uso público. Cada nuevo proyecto trata de buscar un sitio prominente en categorías muy diferentes. Existe la mayor cristalera del mundo, cuyo honor ostenta el palacio de convenciones de Hong Kong, la mayor bóveda del planeta, en este caso perteneciente a la estación sur de trenes de Shanghai, y el mayor atrio del globo, en poder de la torre Jin Mao de la misma ciudad. Y quien no puede competir por el número uno, trata de epatar con el diseño. Los estadios para los Juegos Olímpicos de Pekín son un buen ejemplo. El Estadio Nacional no es el más grande, ni tampoco el más alto, pero su similitud con un nido de golondrina, logrado gracias a las nuevas técnicas que permiten hacer uso del acero como si fuera plastilina, lo ha convertido ya en la infraestructura deportiva de referencia en el mundo.
Algo parecido sucede con el Centro Acuático Nacional, cuya fachada utiliza polímeros de última generación para imitar gigantescas gotas de agua. Y el Teatro Nacional, del francés Paul Andreu, tampoco cuenta con la mayor sala del mundo, pero difícilmente hay edificio que le pueda hacer sombra en su diseño, al que ya apodan el ovni. El recién llegado incluso se pregunta por dónde se entra a lo que parece una nave espacial caída en el centro de un lago. La respuesta se encuentra bajo tierra, y unas escaleras mecánicas provocan la asombrosa entrada al centro, cuyo interior rivaliza con la espectacularidad del cascarón. Cuando cae la noche y se iluminan las aguas que rodean al edificio, el Teatro Nacional parece convertirse en un gigantesco ojo que acapara las miradas de quienes se acercan dando un agradable paseo. Atrás ha quedado la controversia sobre el eclecticismo estético de una capital que se atreve a enfrentar la Ciudad Prohibida con un edificio futurista como el de Andreu.
Dejando al margen cuestiones de gusto, lo cierto es que China, y Asia en su conjunto, está recuperando la grandeza de sus construcciones de antaño. Los gigantescos templos que hace casi mil años deslumbraron al incansable viajero Marco Polo se ven ahora reflejados en vidrio y acero, y el crecimiento económico de la región se convierte en hormigón armado. No hay quien lo pare. Nueva York es ya historia. Ahora, la vanguardia de la arquitectura está en Oriente.








