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Sean Connery y Catherine Zeta-Jones fueron los encargados de dar a conocer al mundo que Asia tomaba el testigo del edificio más alto del mundo, un título hasta entonces exclusivo de EE UU. Sus aventuras en lo alto de las Torres Petronas de Kuala Lumpur, en la película La Trampa, ponían a la capital de Malasia en el mapa de la vanguardia arquitectónica. Y las torres gemelas de César Pelli, con su diseño reminiscente de la cultura musulmana, arrebataban a la Torre Sears de Chicago la medalla de oro de la construcción en altura.

No por mucho tiempo. Los taiwaneses dieron la bienvenida a 2005 con un impresionante espectáculo pirotécnico que tenía como centro el Taipei 101, de C.Y. Lee. Con sus 508 metros de altura, sobrepasaba en 50 a las Torres Petronas y demostraba que la ingeniería rompe límites en Asia. El rascacielos está preparado para soportar los terremotos más fuertes en un ciclo de 2.500 años, de más de 8 grados en la escala de Richter, y vientos de hasta 60 metros por segundo. Lo cual quiere decir que el edificio construido más alto del mundo soportaría la envestida de un huracán de fuerza cinco, más violento incluso que el Katrina. Por si fuera poco, el cristal de las ventanas puede hacer frente a impactos de hasta ocho toneladas sin romperse.

Pasaron ocho años desde que Malasia destronó a EE UU y el Taipei 101 fue coronado. Sólo han hecho falta dos para que otro gigante de hormigón y acero, esta vez en Dubai, haya perforado el cielo un poco más arriba. Cuando se termine su construcción, el Burj Dubai rozará los 800 metros, muy lejos del récord que ostenta Europa, que tiene que conformarse con el puesto 36 de la torre del Commerzbank de Francfort. Aunque, si el proyecto de la Torre Rusia prospera, el horizonte de Moscú podría contar con un monstruo de 612 metros.

Nada si se compara con la Torre Biónica del arquitecto español Gabriel Celaya, paradigma del mal de altura que se ha apoderado de Asia. El edificio, propuesto para la ciudad china de Shanghai, tendrá más de un kilómetro de altura. Exactamente 1.200 metros de locura, construidos sobre una isla artificial. Parece que ya ni siquiera el cielo es el límite.
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