DEPORTES

Seguir la estela de tantos nombres ilustres se antoja una tarea titánica, pero Rashid Ramzi tiene todos los ingredientes para conseguirlo. Tiene un físico privilegiado, es fuerte y fibroso, esbelto y ágil, y conoce a la perfección todos los secretos de una de las distancias más míticas del atletismo. Ya dio muestras de su dominio en el Mundial de 2005, doblando los 800 y los 1.500 y, pese al lapsus del pasado Mundial de Osaka, donde fue segundo tras Bernard Lagat, está dispuesto a marcar una nueva era.
Ayer no falló. Sin Lagat en pista, se impuso con la superioridad aplastante a la que acostumbra. La carrera, tan limpia como rápida, fue un asunto de táctica, astucia y colocación. Y también de viveza. Y de piernas para poder aguantar el fuerte ritmo impuesto durante toda la prueba, con una última vuelta hecha en 53 segundos en la que hay que tener corazón y pulmones para no caer roto.
Virtudes, todas ellas, que no tuvo el francés Mehdi Baala, su teórico rival, siempre a rueda de Ramzi pero que no supo estar a la altura cuando se dio la gran batalla. Su carácter de favorito no le valió ni para estar en el podio (cuarto), cayendo derrumbado (tanto física como emocionalmente) nada más cruzar la meta.
Tras él entró Juan Carlos Higuero, quien cumplió tan a rajatabla su promesa táctica de dejar la iniciativa a otros que nunca se le vio en la prueba. Siempre a cola del grupo, vigilando la estela de Baala (mala compañía), quien a su vez vigilaba la de Ramzi, nunca estuvo en los puestos en los que se jugaba todo. Se quedó un tanto descolgado en la contrarrecta, pero cogió impulso y se vació en los últimos 200 metros. Fue de menos a más para acabar quinto.
En esta final no hubo sorpresas en lo sustancial y el legionario a sueldo de los petrodólares, Ramzi, cumplió con el carácter de favorito con el que había venido y que había demostrado en las dos carreras previas a ésta. No ha estado entre los mejores del año, pero a la hora de la verdad, en la hora de los valientes, se ha mostrado intratable. Se equivocaron quienes pensaban que sus exhibiciones le pasarían factura en el momento decisivo.
Marcan el ritmo
Pero si la final no tuvo sorpresas en su desenlace, tampoco la tuvo en la forma. Los kenianos Kiprop y Choge -a estos no hay que hablarles de tácticas, sino de tirar y tirar-, relevándose, imprimieron un fuerte ritmo (56.48, en el 400; 1:56.06, en el 800) que no descartó a nadie. Ramzi fue a rueda, rezagado, esperando su momento. Llegó a falta de 300 metros, con un cambio de ritmo brutal que le dejó en solitario en cabeza hasta el oro (3:32.94).
Sólo Kiprop pudo seguirle (3:33.11), mientras se libraba la batalla por el tercer puesto que se decidió, de forma sorpresiva, para el neocelandés Willis (3:34.16). Baala, desesperado al perder quizás su última oportunidad, fue cuarto (3:34.21), con un Higuero que fue de menos a más, quinto (3:34.44) y que al final se lamentó porque vio más cerca que nunca la medalla de bronce. El podio se le sigue resistiendo al equipo español.
Sólo han sido más rápida que ésta las finales de Los Ángeles (Coe, 3:32.53) y Sydney (Ngueny, 3:32.07).





