Las FARC que quedan están dedicadas a actividades criminales, con sus dirigentes sistemáticamente eliminados -más de 100 en 2007- y sus efectivos reducidos a 10.000 hombres, casi la mitad que hace cinco años por deserciones incesantes (1.558 en 2006 y 2.067 en 2007). A esto se añade una división interna a la que a duras penas pone freno la férrea disciplina. Están los más veteranos que todavía mantienen la frescura ideológica de sus inicios en 1964, una combinación de marxismo y nacionalismo que aún despierta fervor entre los más jóvenes. Pero el resto, la gran mayoría, hace tiempo que cayó en la trampa del materialismo, dedicándose a negocios truculentos. Con una aproximación antes maoísta que leninista, las FARC centran su presencia en zonas rurales cada vez más remotas. Las estimaciones más optimistas cifran en apenas un centenar el número de sus activistas en Bogotá.
La bestia herida todavía podría optar por una última acción desesperada. Sin embargo, la efectividad de las campañas antidroga que secan sus ingresos y la presión militar intensificarán las disputas y las fugas internas. Mucho tendrán que ver en ello los 3.150 millones de euros de EE UU. De ahí que la paulatina pero definitiva entrega de las armas se antoje viable.











